Relato de Juan Carlos Recinos titulado Los papeles tienen alas en SonicerJ.com

Los papeles tienen alas


La última campana sonó. Todos salimos como hormigas. Yo ligeramente fui al carro y en el camino a casa me puse a pensar en el viaje que haría a Costa Rica; un viaje planeado meses atrás con un grupo de amigos y colegas. No había podido pensar en el viaje hasta que me sentí libre de toda responsabilidad del trabajo. Es que también sentía la emoción del receso de primavera de mis estudiantes.

En el camino sentí mi estómago revolverse. Ya hace quince años y medio que no salía del país… idealmente hubiera sido mejor viajar a El Salvador, pero las cosas no se dieron. Algo que provocó enojo en mi madre. Pero me dejé llevar por el simple hecho de la libertad al emprender un vuelo a un país desconocido. Un país lejano pero cercano a la vez.

Viajar para mí es un lujo ya que toda mi vida había sido un sueño, algo lejano e inalcanzable. Es que los benditos “papeles” parecen estar hechos de pluma ya que te dan alas y te abren puertas que alguna vez se cerraron. Pues “la tarjeta verde” me sorprendió a finales del año pasado y el mundo pareció sonreírme. Pero no eran los “papeles” que me hacían volar. Mas bien era la emoción de sentirme libre y realizado; de haberme graduado con una maestría después de largos años de estudio y trabajo. Tenía mucho que celebrar; la alegría rebalsaba mi pecho y no sabía qué hacer con ella.

La maleta estaba vacía y llena de aire a la vez, en espera de ser usada. Pues los únicos viajes que había hecho estaban en la historia. Viajar a San Juan, Puerto Rico y a South Beach, Florida era el comienzo de un recorrido por países extranjeros. El dinero había sido mi cadena, los “papeles” mi prisión, el estudio y el trabajo mi esperanza de volar. La maleta era pequeña para la semana llena de diversión que me esperaba. Al recogerla cayeron todos los obstáculos, escabulléndose por debajo de los muebles. Era liviana porque nada de lo que quería llevar entraba. Mis sueños de viajar pesaban y en la maleta no cabían.

Sentado en la cama me puse a pensar. La libertad pesa porque la responsabilidad es mucha. El boleto ya estaba pagado por las tarjetas de plástico. Lo que faltaba era empacar y esperar por la mañana. Pero la noche no avanzaba. La maleta ya estaba lista y aún guardaba espacio para mi casa, el carro y todos mis libros.

Mi celular se empapó de páginas turísticas que casi me quema las yemas de mis dedos. El reloj avanzaba lento y mi mente se llenaba de información. Tres meses destinados para prepararme se desarrollaban en horas. Quería hacer esto y aquello. No podía ocultar mi alegría y mi novia lo sabía. Por eso me arrastró entre las sábanas conquistando mi sueño.

—Ya mañana lo vivirás —me susurró y el sueño cayó pesado.

Ahí estaba, enfrente de mí, como un toro enfurecido y amenazador. El avión, un halcón, mi realidad. Despejé mi vista y era simplemente un pájaro de metal; un avión blanco que sin el pasaporte salvadoreño, la tarjeta “verde” y el boleto no me dejaría entrar. Es que los nervios y todos los miedos se apoderaban de mí. Quise meterme en la maleta y ser invisible entre tanta gente feliz. Pero en la maleta ya no entraba nada. Ya estaba sobre el peso límite que el miedo de hacer caer el avión era serio.

—Agárrame —le dije en secreto a mi novia. El ave ya corría y se preparaba para emprender su vuelo. Las turbinas giraban a gran velocidad y las alas ya estaban bien extendidas. Lo imaginé porque mis ojos estaban cerrados y porque mi asiento estaba en el pasillo. Pero en la ventana diminuta solo se notaba un sol brillante. Estaba en el cielo.

—Pellízcame —le pedí a mi novia.

—¿¡Estás loco!? —me cuestionó.

—No, solo quiero sentirme vivo.

Y en ese pellizco me sentí en la tierra. El capitán anunciaba la hora y la temperatura de Costa Rica.

—Pura vida —dijo al final y ordenó mantener la calma.

Pero no podía mantener la calma. Mis alumnos esperan ansiosos y bulliciosos por la última campana. En el brillo de sus ojos me vi reflejado y el deseo de viajar me cegó. En casa mi maleta me esperaba llena de aire y los “papeles” a punto de emprender el vuelo.


© 2016 Juan Carlos Recinos.

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